En primera persona

EN PRIMERA PERSONA: RAÚL GUERRA GARRIDO

“Escribir con independencia tiene un precio, pero uno puede mirarse al espejo”


Escritor y Doctor de Farmacia, recibe a este periódico en su estudio de Madrid

Javier Barbado. Imagen: Miguel Ángel Escobar. Madrid / Iluminado, amplio, repleto de libros, sofás y una vieja mesa de madera. Así puede resumirse el aspecto del estudio del escritor en Madrid, situado en el mismo solar que acoge las sedes del colegio de farmacéuticos de la capital y de la Fundación Cofares, lo que da algunas pistas sobre su trayectoria profesional. O, más bien, sobre una de sus ocupaciones, no la más cultivada ni la que más venera. Esa condición la merece en su vida la Literatura, que le ha otorgado la insobornable libertad de expresar lo que siente sin cortapisa alguna. A cambio, ha tenido que pagar el precio de la barbarie, culminada en la destrucción de su oficina farmacéutica a manos de los radicales en San Sebastián, ciudad en la que reside y de la que no han conseguido exiliarle. Tal vez la valentía, y el talento narrativo, sean los grandes ejemplos que este consagrado escritor y farmacéutico puede mostrar al mundo.

Reconocido y brillante escritor, además de Doctor en Farmacia, comenzó su aventura literaria con el ensayo divulgativo Medicamentos españoles (Dopesa, Barcelona, 1972). En esta obra habla sobre el mundo del medicamento y la profesión farmacéutica. Da la sensación de que lo primero que se atrevió a escribir fue aquello de lo que podía encontrarse más seguro, lo que había vivido como profesional, ¿no es así?

Lo que es cierto es que siempre escribo sobre aquello que conozco, y básicamente lo hago en forma de novelas porque es un género que recoge experiencias. Yo había escrito mi primera novela (la primera que se puso en los escaparates de libros) sin que generara polémica alguna (parece que va siempre unido el conflicto a la novela). En realidad, lo primero que hice fue en forma de ensayo, capítulos que equivalen a artículos, y que responden a una visión de cómo se acerca la sociedad española al medicamento: los aspectos mágicos de cómo se puede creer en algo que te cura. “El primer hombre que tomó una hierba para curarse tuvo bastante coraje” es una frase del Ulises… También trata de la investigación… y, bueno, conocía ese mundo aunque, la verdad, nunca trabajé en la industria farmacéutica y sí, en cambio, en la industria química pesada, la cual tiene su reflejo, a su vez, en otras industrias como la del automóvil, la siderúrgica… Cuando uno hace Literatura se da cuenta de que es como un puzle donde sirven todos los ingredientes. Es “la verdad de las mentiras”: puedes mentir con cierto conocimiento de causa y la novela lo aguanta bien. Lo que no aguanta es el error, y por eso digo que es un género de experiencias.

De ascendencia leonesa, Garrido vivió su infancia en Cacabelos, en la comarca de El Bierzo. Cursó estudios de Farmacia y obtuvo el doctorado. En 1960 fijó su residencia en el País Vasco, en la ciudad de San Sebastián, donde ha ejercido como farmacéutico comunitario y vive en la actualidad. Miembro fundador del Foro de Ermua, ha defendido actitudes políticas críticas con el nacionalismo peneuvista y el Pacto de Estella. Ha escrito artículos que alertan de la fractura social en Euskadi. Su oficina de Farmacia en el barrio de Alza (San Sebastián) ha sufrido varios atentados, el último de los cuales terminó por destruirla al provocar un incendio. En 2001 le fue concedido en Barcelona el premio farmacéutico del año, promovido por la editorial Mayo, que le fue entregado por la entonces ministra de Sanidad, Celia Villalobos.

Pero sí: fue uno de mis primeros libros, que sacó Dopesa y, la verdad, tuvo bastante éxito porque no se había escrito, para el público en general, algo sobre los medicamentos en plan divulgativo. En lo que me equivoqué radicalmente fue en el tema de la droga, del que entonces prácticamente no existía, al menos en la calle, ese consumo tan masivo. Fallé en el pronóstico, porque pensé que tardaría más en llegar y, en sólo unos años, ya estaba la gente pinchándose, en fin, encantada de la vida.

Cinco años después publicó una impactante novela, Lectura insólita del capital (Destino, Barcelona: 1977), con la que inicia una constante en su obra: la situación política del País Vasco. Con ella gana el Premio Nadal, un galardón conocido por descubrir a los grandes escritores. En ella un industrial vasco secuestrado recurre a un ejemplar de El Capital de Carlos Marx como única conexión con el mundo exterior. ¿Qué le inspiró este argumento y qué vivencias personales se relacionan con él?

Insistiendo en lo que decía de la experiencia, yo trabajaba en la industria en Guipúzcoa, en un pueblecito del País Vasco. En él [en la novela] estaba enclavada una empresa a cuyo propietario secuestran (al señor Lizagarra), que es réplica de muchas empresas guipuzcoanas, hechas por industriales individuales, es decir, muy diferentes a las de la industria vizcaína, más bancaria y colectiva, menos dada a empresas familiares… lo que hace el secuestro más significativo al menos literariamente. Entonces no se habían producido esos secuestros, pero yo llevaba mucho tiempo trabajando allí y había conocido muchas cosas.

En Cacereño, una de las primeras novelas que escribí, aparece la gente que emigraba y terminaba trabajando en esa fábrica donde, al final, secuestran al dueño. Lo cierto es que, veinte años después, secuestraron al dueño de la fábrica que yo había tomado como réplica. En ese tiempo y con esas novelas la verdad es que tenido… vamos a llamarle dificultades y problemas. La situación de un escritor o novelista en situaciones límite es un continuo estado de guerra, cosa que en mi estado es natural dada la naturaleza de mi nombre.

Hábleme de su experiencia profesional como farmacéutico: ¿dónde se desarrolló?

Yo terminé la carrera e hice la tesis en el Instituto de Grafología, que era algo que no estudiaba nadie: el estudio del suelo… Después estaba mi mujer, también farmacéutica Teníamos una oficina de farmacia en San Sebastián. Después del Nadal, que tú has citado, concedida a Lectura insólita de “El Capital”, prácticamente decidí dedicarme a escribir y dejé lo de la industria. El dilema parte de que lo que a mí me gustaba, en aquella época, era “maravilloso” en España para morirse de hambre: por un lado, la investigación científica y, por otro, la Literatura. Por circunstancias económicas tuve que recurrir a la industria, por lo cual la investigación es algo que se te escapa… De ahí que tuviese que dedicarme a la Literatura. Tuvimos la suerte de esta dualidad profesional. Alguna vez me dijeron: ¿usted come con la Literatura? A lo que yo respondí: “No como, pero desayuno: de comer nos da la farmacia”.

Usted se jacta de haber podido escribir “sin que le dicten”…

Aunque me hubiese muerto de hambre habría sido así. O a lo mejor no hubiera escrito. En aquel tiempo –e incluso después porque, en el País Vasco, no hemos vivido en una situación democrática hasta hace cuatro días– el territorio libre del escritor era la página en blanco. Y su territorio ya democrático es la página en blanco sobre la que ha escrito. Así que no creo que hubiese estado dispuesto a hacerlo.

Esta publicación se dirige a directivos de la salud, así que me va a perdonar que insista en este aspecto. Usted ejerció, de todos modos, en una oficina de farmacia…

Sí, claro, en paralelo con mi mujer. Nada más colegiarme, fui presidente del Colegio farmacéutico de Guipúzcoa. Había problemas de tipo administrativo y llamaron a alguien que, aunque no tuviese mucha idea de eso, lo pudiese arreglar con un poco de sentido común, que creo que es lo que hice. Aquello se arregló y me retiré: la política sanitaria no era mi vocación ni mucho menos.

Su farmacia fue objeto de una agresión…

No una agresión… Es un tema, digamos, doloroso. Con motivo de lo que yo había escrito, tuvimos varios atentados en la farmacia. Al final la volaron y fue un siniestro total. Recuerdo que yo estaba viendo arder el local, y no ardió el edificio de milagro. Se me ocurrió entonces la frase feliz de que “jamás había supuesto que iba a tener una jubilación tan llamativa”.

Volvamos a su verdadera vocación: la Literatura. Incluso antes del Nadal su obra ya es prolífica. Algunos ejemplos más: Ni héroe ni nada (Literoy, Madrid: 1969); Cacereño (Alfaguara, Madrid: 1970), que ha citado antes; El pornógrafo (Literoy, Madrid: 1971); La fuga de un cerebro (Editorial Nacional, Madrid: 1973) e Hipótesis (Destino, Barcelona: 1975). ¿Cuáles de estas novelas incluyen escenas, pasajes o argumentos relacionados con su profesión, es decir, con el mundo de la sanidad española?

Con mi profesión prácticamente dos. Pero el aspecto sanitario y, sobre todo, de la oficina de farmacia, yo lo he utilizado hasta la saciedad. Espero que se haya divertido mucho mi abuelo don José Garrido, que era farmacéutico de Cacabelos en León. Le he utilizado mucho. De hecho, le hago salir disfrazado en El año del Wolfram (que es una novela que habla de la explotación del Wolfram en El Bierzo, una especie de aventura del Oeste, un desiderátum de la posguerra). Él sale como un hombre sabio un tanto librepensador (pero conservador al mismo tiempo) y muy sentencioso, justo y equilibrado en un tiempo en que las pasiones estaban muy disparatadas. Aquello, ya te digo, parecía la fiebre del oro, del Wolfram… Y después le utilizo varias veces más.

Hablo de esa plaza, de la rebotica del abuelo, que es una de las imágenes recurrentes de mi infancia. Pero hay una novelita corta de la que me siento muy orgulloso y estoy muy contento, y que es un poco la réplica a lo que decía. Cuando ardió nuestra farmacia, había un cuaderno, una especie de diario… no de diario, sino de simple agenda del abuelo, donde él escribía muchas anécdotas de cosas que le habían pasado durante el día, reflexiones de la realidad o de su fantasía, o sus interpretaciones de los hechos políticos o periodísticos… era una miscelánea muy curiosa. Eso desapareció.

En esa novela (que creo que puede ser interesante para los sanitarios, si es que puede ser interesante algo de lo que yo he escrito sobre ello), que se llama Cuaderno secreto. Así que desapareció el cuaderno y yo traté de rehacerlo añadiéndole los pensamientos que en mí provocaba la lectura de las memorias que había escrito el abuelo. Es algo así como las memorias del abuelo escritas por el nieto: un palimpsesto. La verdad es que es muy entrañable para mí. Empiezo diciendo que ese cuaderno es el libro de mi sangre…

Novela: El Otoño Siempre Hiere (Muchnik Editors 2000); Castilla en Canal (Muchnik Editors 1999); Tantos Inocentes (Espasa Narrativa, Madrid, 1996) Premio Novela Negra de la ciudad de Gijón 1997; El Síndrome de Scout (Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1993); La carta (Ediciones de la plaza, 1990); La mar es mala mujer (Editorial Mondadori, Madrid, 1987); El año del Wolfram (Editorial Planeta, Barcelona, 1984) Finalista del Premio Planeta 1984; Escrito en un dólar (Editorial Planeta, Barcelona, 1983); La costumbre de morir (DiscoLibro, Barcelona,1981); Copenhague no existe (Ediciones Destino, Barcelona, 1979); Lectura insólita de “El Capital” (Ediciones Destino, Barcelona, 1977) Premio Eugenio Nadal 1976; Hipótesis (Ediciones Destino, Barcelona, 1975); La fuga de un cerebro ( Editorial Nacional, Madrid, 1973); ¡Ay! (Richard Grandio, Oviedo, 1972) Premio Ciudad de Oviedo 1972; El pornógrafo (Literoy, Madrid, 1971); Cacereño (Alfaguara, Madrid, 1970); Ni Héroe ni nada (Literoy, Madrid, 1969) Narrativa corta: Viaje a una provincia de interior (Ámbito, Valladolid,1990); Maitasun objetu eztizkoa (Dulce Objeto de amor) (La Primitiva Casa Baroja, 1988) La sueca desnuda (Ediciones Noega, Gijón, 1984); Micrófono oculto (Ediciones vascas, San Sebastián, 1980); Ensayo Esto no es un ensayo sobre Miró (Marfil, Valencia,1994); Mis más bellas derrotas (Libertarias, Madrid, 1994); El Telemirón (CAP, San Sebastián, 1982); Medicamentos españoles (Dopesa, Barcelona, 1972)

Acaba de reeditarse un libro suyo de título La Gran Vía es Nueva York a propósito del centenario de la famosa calle madrileña. ¿Con qué se puede encontrar aquí el lector?

Es una novela o las páginas amarillas de la calle. La Gran Vía es una calle un tanto mágica, famosísima antes de que pusiese la primera piedra, de que se hiciese el primer derribo, debido a la zarzuela. Lo que hay es una serie de historias y de anécdotas, más que nada una antología de relatos. Lo que ocurre es que son como cuentas de un rosario, donde las cuentas serían los edificios de la Gran Vía y el rosario la propia calle, con una serie de saltos temporales: tiempo verbal y cronológico a veces se confunden; otras, no coinciden en absoluto, pero el lector inteligente lo distingue bastante bien. La acción transcurre en esos cien años de la Gran Vía y a partir de los más de cien nombres que ha tenido en los más de cien portales de los edificios que hay en ella.

¿Y otra novela reciente, ¿Quién sueña??

Acaba de salir. Es mi última novela y es un juego, una ironía sobre los libros de memoria. En este momento, en Madrid, 350 escritores se ponen a escribir sus memorias. Uno cree que, para un narrador, el recurso de las memorias es como un síntoma de impotencia. La memoria siempre te nutre la narrativa y todo, pero que eso sea exclusivamente… es decir, ya sabemos que tú también mataste a Kennedy y atentaste contra Franco pero… ¿qué más has hecho? Si vas a decir algo de tu memoria, lo mejor es preguntarte qué es lo más íntimo que puedes mostrar… Lo del atentado sería algo frívolo, lo verdaderamente importante serían los sueños. Y con eso juego, es decir, cómo el juego constituye en sí un relato perfecto y, al mismo tiempo, es lo que más te desnuda delante de la gente. Y la prueba es que no hay ningún artista, político… que cuente sus sueños. Eso no se cuenta: son el secreto más guardado.

Está escrito en primera persona…

Sí. A mí la primera persona y el presente es una cosa que me gusta mucho porque da un carácter de inmediatez, como la cámara en la nouvelle vague en la que parece que representa los ojos del actor. La primera persona hace que los ojos sean los del lector, es decir, que lo esté viviendo en directo.

Si se me permite un recurso exclusivamente literario, probablemente la mejor forma de narrar los sueños es en segunda persona porque tiene ese carácter ineluctable en el que uno no puede intervenir al darse por hecho que va a ocurrir. Uno es protagonista de sus sueños, pero no sabe si es cierto lo que vive. Con la segunda persona no decides tú, mientras que sí lo haces si utilizas la primera persona, y está claro que lo hace porque uno quiere. En fin, hay muchos juegos de la realidad y también metaliterarios, pero al final uno escribe para divertirse uno mismo más que para otra cosa.

Parece que a usted le gusta jugar con la ensoñación en lugar de obsesionarse con la realidad, ¿no es cierto?

No, en realidad suelo utilizar las dos cosas.

Lo digo porque hay biógrafos que se obstinan en narrar los hechos sin más en sus memorias…

Yo creo que hay una serie de modelos [en mi obra] que son muy realistas, y prueba de ello es que, efectivamente, he tenido varios atentados de diversa índole como consecuencia de lo escrito. Otra cosa es que siempre pongas algo de imaginación. Lo que pasa es que ahora ese realismo no me interesa. Me divierto más con la estética que no con el impulso ético.

Hay una pregunta retórica del tipo “¿qué hacía usted en mayo del 68?”. Pues bien, yo estaba escribiendo un cuento que se llamaba Con tortura y, la verdad, puede decirse que “empezamos bien”. Es lo primero que escribía en mi vida y nos destrozaron el coche los incontrolados y pintarrajearon la puerta de casa… Y [el argumento] era un sueño, fíjese, lo que sucede es que a menudo los sueños están muy apretados con la realidad. Al final está claro que la independencia de criterio tiene un precio.

Las circunstancias se han ido haciendo tan duras en el entorno en el que yo he vivido que, por ejemplo, en el año 2000, cuando veía en televisión a algún amigo mío lo primero que pensaba es que le habían asesinado. Eso es muy fuerte. Pero es verdad que uno se afeita por la mañana y puede sostener su mirada en el espejo.

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